El Isard, Un auto bien aceitado (por Guillermo Aguirre)

Previous Next

Fin de una Era

A principios del verano de 1963, Willy Plate y yo habíamos decidido desprendernos del kart que tantos sinsabores nos proporcionara.
Nuestra carrera como pilotos-preparadores-concurrentes-patrocinadores-empujadores-explotadores (por los motores que explotamos), había llegado a un lánguido, melancólico, infeliz final. Sin duda hubieron buenos momentos, pero fueron pocos y algo fugaces.
Muchos años después, cuando evocamos aquellos años intentando encontrar la respuesta a nuestra consistente mala fortuna, arribamos a una lógica conclusión: no estábamos preparados.
No sabíamos nada de mecánica; tocábamos lo que no había que tocar; no tocábamos lo que había que tocar; aprendíamos mal; no entendíamos. Sacábamos malas conclusiones.
Las únicas regulaciones posibles en el kart eran las de las barras de dirección, lo que permitía ajustar el ángulo de las ruedas delanteras. Nunca supimos hacerlo bien. O las dejábamos bizcas, como Zulma Lobato, o para afuera, como Néstor.
Parece evidente que el casillero "mecánica" de nuestros respectivos cerebros, estaba vacío, o desconectado, o en cortocircuito. Eso, a diferencia de tantos tipos de los que abundan en el mundo de los deportes mecánicos; esos que agarran una caja de fósforos y te hacen un encendedor. Y por el otro lado están los como nosotros, los que no saben ni abrir la caja, y cuando lo logran lo hacen boca abajo.
Recurro al escenario de los Turismo de Carretera de aquellos años para dar ejemplos:
Grupo 1: Pilotos mecánicos: Gálvez, Emiliozzi, Navone. Taller, carrera, podio, champagne.
Grupo 2: Pilotos cajetillas: Menditeguy, Alzaga, Casá, Bordeu. Carrera, podio, champagne.
Grupo 3: Pilotos: Segundo Ale. Arnaldo de Thomas. Nicolas Aguaviva. Carrera, cicuta.
Para terminar con la evocación de aquellos tiempos del karting, trataré de compararlos con los del TC: en el grupo 1 el mejor ejemplo era el del polaco Herceg (no nació en Varsovia; nació en Pacheco). Taller, carrera, podio. Champagne no había.
En el grupo 2 elijo el ejemplo de Alberto Ustariz, el hacendado polista co-equiper nuestro, ya casado con la hermana de Willy. Llegaba al circuito en la Apache verde con la marca del campo en la puerta. Se sacaba las botas de montar (¡¡¡Tomátelas!!!) y se vestía de piloto. Se subía al kart. Dos o tres tipos se peleaban por empujarlo; arrancaba y corría. Se bajaba sonriente y limpio. Todos lo abrazaban, aunque hubiera salido noveno. Los mismos fantasmas que le preparaban y le llevaban el kart, se encargarían de retirarlo y llevarlo de vuelta al taller, de donde retornaría limpio y bien dispuesto para el próximo evento.
En el grupo 3, brillábamos, incandescentes, nosotros. Cuando el kart andaba bien y terminábamos una carrera en un puesto honorable, llorábamos de emoción. "Andar bien", para nosotros, era que el motor arrancara, que la cadena no se cortara, que el acelerador no se trabara a fondo (como me pasó en Mar del Plata; paré en Necochea, cuando se acabó la nafta).
En cuanto a la relación con las cosas mecánicas, indudablemente hay personas que no están donde deben, o están donde no deben. Un buen ejemplo es el de mi esposa. Hija única de madre viuda, su mamá le regaló, cuando la nena cumplió 18 años, un Renault Dauphine flamante.
La consentida no sabía manejar (después de medio siglo, todavía no sabe). La Signora ?una italiana del Veneto; o sea: malhumorada- la mandó a la academia Lamela, en Parque Centenario. La Vieja, piola, le puso a La Gorda como chaperona. La Gorda era la cocinera de mi suegra: 100 kilos de alegría y una más que excelente disposición para el cariño.
Entre La Gorda y el instructor se estableció de inmediato una fuerte corriente de simpatía. El pícaro instruyó a la nena para que convenciera a mi suegra de pagarle también sus clases de manejo a la falsa chaperona. Las clases duraron meses, durante los cuales las aprendices no aprendieron nada y el que aprendió fue el instructor. Aprendió a afanar. Supongo que el pillo, con el producto de los millones de clases que les dio a las damas, se compró un terrenito en ?digamos- Glew.
Ana ?mi actual venerada esposa y por entonces soltera damita- salió por fin a las calles al comando de su Dauphine celeste. Antes de media hora se lo clavó a un taxi; se bajó y rajó. El Dauphine fue enseguida reemplazado por un 600 blanco. En la segunda salida le sacó la puerta. ¿Se dan cuenta de que hay personas que no se deben meter con las cosas mecánicas?


Chau Go-Kart. Hola Isard

Volvamos atrás. Cuando decidimos abandonar el deporte, una ráfaga de aire fresco inundó nuestros espíritus. Habíamos terminado de saldar nuestro crédito -con el producto de cuyos intereses, seguramente Alberto se compró la Apache- y decidimos vender la unidad.
No recuerdo a quién ni a qué precio, pero el hecho es que nos hicimos de un monto que, según nuestros optimistas cálculos, nos alcanzarían para dar la vuelta al Mundo en Rolls Royce.
En la medida en que se esfumaba el optimismo se acortaban las pretensiones. La decisión fue: A Mendoza en el Isard.
El bueno del padre de Willy, un santo que compraba autos para sus hijos, acababa de obsequiarles un Isard 700. Celeste y crema. Por fin un auto razonable para un chico de 20 años. Basta de Ford 39, Estanciera 60, Rover 48 y Morris Ten 47, los otros móviles que Don Enrique les comprara, vaya a saberse con qué criterio, a sus dos hijos varones. El hermano mayor de Willy y copropietario de los móviles, estaba en la Escuela Naval y usaba el auto sólo esporádicamente.
Una del Morris Ten: Una vez volvíamos de Mar del Plata con Willy, en el Morris negro, ya medio fané. A 77 kilómetros por hora, uno menos de su velocidad máxima. Al Morris se le acababa de instalar una palanquita pedorra adosada a la columna de dirección, que comandaba la bocina o las luces largas, según la posición de un switch en el tablero.
Los autos ingleses siempre han sido célebres por sus instalaciones eléctricas surrealistas; ni hablar de algunas de sus extravagancias. El capot del Morris se abría mediante una llave ad hoc que se debía introducir en unas pequeñas aberturas ubicadas a cada lado de la tapa. La herramienta se alojaba en un soporte de cuero ubicado en la cabina, del lado del acompañante. Muy práctico.
El hecho es que había un cortocircuito en la posición "bocina" del interruptor, por lo que sólo la usábamos para activar la luz larga (¿Larga? ¿Eso es la larga?. Haceme el favor...)
En la ruta no se necesitaba la bocina. Llegamos a Buenos Aires y me di cuenta de que tenía muchas ganas, pero muchas muchas ganas, de ir a visitar a una chica que vivía por Flores. Una belleza que me hacía brotar baba radiactiva.
Le pedí el Morris a Willy. Lo dejé en su casa y partí hacia Flores, por la Juan B. Justo. Era de noche. Me olvidé por completo del problema del interruptor. Lo puse en "bocina".
Cuando llegué al cruce con Nazca, un penetrante olor nauseabundo inundó la cabina. Detenido en el medio de la calle, el Morris se empezó a incendiar. En la caótica cabina, en la que no veía nada, comencé a buscar la p.... llave del capot, a tientas. Tardé un siglo en encontrarla, bajarme y meterla en los agujeritos de m........
De pronto, desde la nada se materializó un tipo que empujaba un extinguidor gigantesco. ("Libro Guinness: Extinguidor más grande: El de la estación de servicio de Nazca y Juan B. Justo. Buenos Aires, Argentina)"
El bombero loco metió la enorme tobera adentro de la cabina y abrió la válvula. Una nube ?digamos: una cúmulus nimbus- de nieve carbónica, o yogurt, o algo así, inundó el cockpit. (Está bien, flaco. Te agradezco el gesto. Pero, ¿por qué no le mandaste yogurt al motor, donde estaba el tema?)
El Morris se apagó. Quedó tricolor. De atrás para adelante: negro, amarillento, acero pelado. ¿Y ahora?
(Señor: ¿sabe si por aquí hay una oficina de reclutamiento de la Legión Extranjera? ¿Un dispensario de arsénico? ¿Un centro de castrado?)
Y bué... A la cancha.
Desde teléfono prestado en la estación de servicio:
Yo: _¿Hola?
Padre de Willy, con voz somnolienta: _¿Quién es?
_Hola, Doctor. Soy Guillermo Aguirre.
_Hola, Guillermito. ¿Cómo estás?. ¿Buscas a Willy?
_Este....no...digo....si....no digo nada.....este......Morris.....fuego......yogurt...
_¿Te pasa algo?
_A mi, nada. El Morris se incendió.
_Bueno, Guillermito. Willy está durmiendo. Mañana lo vamos a buscar. Hasta mañana.
_Hasta mañana, Doctor.
_Click.
Lo juro. Fue asi. El viejo de Willy era diplomático. Había sido embajador en 3 países. Pero tampoco la pavada. Si fuera mi viejo, yo todavía estaría corriendo con los muñones.


Menage á trois

Un buen día del verano del 63, Willy, Carlos Ledesma (mano de obra desocupada) y yo, partimos en el Isard 700 con destino a Mendoza, donde nos alojarían el coronel Francisco, tío de Willy, y su más que bella esposa, La Gringa.
Me atraía el viaje, el hecho de conocer Mendoza y ?más que todo- el de volver a ver a la prima de Willy, una gloria cuyana que el año anterior fuera elegida Miss Azafata en Punta del Este, o algo así. La chica era azafata de Aerolíneas; cuando AA era una empresa que nos enorgullecía...
Willy estaba excluido por el vínculo (bueno: mejor no hablo), y Carlos porque lo excluía yo. Aunque Carlos era más peligroso que piraña en el bidé. Tenía mas minas que Sudáfrica.
El vehículo que debía llevarnos y traernos a y de Mendoza era un Isard 700. El auto era muy razonable para aquellos tiempos, aunque hoy pueda parecer muy limitado. La carrocería parecía muy americana, con dos puertas amplias que permitían con cierta facilidad el ingreso al incómodo asiento trasero. El motor, de 700 centímetros cúbicos, era un boxer de dos cilindros opuestos, enfriado por aire. Muy al estilo del Citroen. Dos cañitos de recuperación de gases partían de cada tapa de válvulas y se juntaban en la cubeta del único carburador central. Ya se verá por qué destaco esta particularidad del motor.
El 700 era un auto. Especialmente si se lo comparaba con sus antecesores co-sanguíneos, el 400 y el 300. En éste último, para superar los 60 kph tenías que gritar: ¡¡¡PPPRRRRRRRRRRR!!!
Un buen día, dije antes, los tres nautas, con bandera y banda, con los bolsillos colmados y el tanque lleno de hormonas, partimos hacia la lejanísima Mendoza.
Antes de partir verificamos la presión de los neumáticos y lo mandamos a Carlos a chequear el agua del radiador. Estuvimos mirándolo de reojo mientras el inocente escudriñaba el motor procurando encontrar lo inencontrable.
Nos cansamos, le dijimos que todo estaba bien, e hicimos la última comprobación; aquella que repetiríamos cada 33 kilómetros a lo largo de los siguientes 2.500: revisamos el aceite.


Falta envido: 33

Una fresca mañana de lunes (o martes, o jueves) partimos desde mi casa con destino a Mendoza, La Tierra del Sol y del Buen Vino. A ninguno de los tres nos importaba ?entonces- ni el sol ni el vino. Sorprende lo que el mero paso del tiempo opera sobre los gustos del varón adulto. En estos tiempos el Sol nos gusta bastante, porque nos calienta e ilumina, aunque con una linterna y una estufa te arreglas. Pero el Malbec es el Malbec.
Partimos desde mi casa, decía. El Isard venía con Willy al volante y Carlos como copiloto, por lo que me tocó el cargo de co-copiloto, función a desempeñar desde el restringido asiento trasero, obligado a recostarme de coté, como Nerón en la orgía.
Honestamente, no puedo recordar de qué hablábamos durante aquellos primeros kilómetros. Creo que debo haber dormitado. Lo que sí recuerdo vívidamente es que después de unas horas de viaje me incorporé y me senté, al medio, entre los dos asientos delanteros.
Desde esa posición podía ver hacia delante, y, eventualmente, hacia atrás por el espejo retrovisor. Avanzábamos, alegremente, devorando los caminos a unos 130 kilómetros por hora. (Rewind: bueno, a 80). En una de mis casuales miradas al espejito, vi, de pronto, una enorme y espesa nube blanca que parecía seguirnos, como un globo pegado a nuestro paragolpes trasero.
Como el responsable co-copiloto que yo era, anuncié de inmediato la existencia de tal novedad. Willy, que evidentemente me estaba facturando mi responsabilidad por la destrucción del motor del Go, echó una mirada casual al espejo y declaró, con catedrática solemnidad: "Debemos de haber pisado una mancha de aceite que se está quemando al tocar el caño de escape" Me la tuve que tragar.
Pero después de 5 minutos la nube seguía detrás nuestro, lo que provocó que pasaran estas cosas:
Cosa 1: Paramos y nos bajamos.
Cosa 2: Nos agolpamos ante la salida del escape, observando como goteaba un líquido que parecía aceite.
Cosa 3: Comprobamos que era aceite.
Cosa 4: Abrimos el capot y chequeamos el lubricante.
Cosa 5: La varilla nos gritó: ¡Chiva!
No recuerdo qué volumen de aceite cargaba el 700, pero puedo afirmar que la varilla marcaba nada.
El catedrático y yo evocamos al unísono nuestra recientemente superada etapa kartingiana.
Carlos largó un: "¡Viejo, estamos meados por un jeroglífico!"
"¿Jeroglífico?" nos consultamos, Willy y yo, con la mirada; y nos respondimos: "Seguro que pensó en algún dinosaurio..." Y nos morimos de risa durante solamente 2 minutos ?lo que habla de nuestra responsabilidad en momentos decisivos- en lugar de los 10 que empleábamos habitualmente ante las salidas de Carlos, que interrumpíamos sólo por sus efectos diuréticos.
Hicimos lo de siempre: miramos atentamente todo lo que se podía mirar. Acto seguido, Willy y yo nos zambullimos debajo del Isard, Carlos no se zambulló.
No sé si deseábamos encontrarnos con el carter roto, lo cual, pese a su dramaticidad, hubiera facilitado el diagnóstico. Pero, abajo, todo parecía impecable.
Indudablemente, el aceite se vaciaba por el escape. ¿Y ahora?
Carlos: _"Esto es de fábrica".
Disgresión: Carlos, cuando cumplió 3 años, decidió no trabajar nunca en la Vida. La Vida le dijo: "Okey, Carlitos", y Carlitos honró su promesa con férrea determinación. No obstante, un día se le presentó la oportunidad de emplearse en "Rent-A-Car", la primera empresa de ese género en instalarse en el país.
Pese a los anticuerpos que colonizaban su torrente sanguíneo, Carlos debió ceder ante nuestra recomendación de aceptar el empleo, un poco por la razonabilidad del tema y otro poco por las patadas que prometimos propinarle. El caso es que Rent-A-Car contaba, en su flotilla, con varias rancheras Ford, con una amplia puerta trasera, ideal para embutirles el kart, y 2 Triumph TR 3, uno rojo y uno negro. Dos Triumph, queridos amigos.
El día que cumplí 20 años, el regalo de Carlos fue un timbrazo matutino y una voz que preguntó por mí.
Herondina (nuestra mucama gallega; juro por Dios que se llamaba así): _"De parte quién eeee?
Voz: _"De Rent-A-Car, señora".
H: "¿De quién?"
Abrevio el jugoso diálogo. Herondina era intraducible. De alguna manera logré interpretarla, y bajé a la calle como un rayo. Allí estaba, estacionado, el Triumph negro, reluciente, con sus ruedas Rudge brillantes. Me volví loco. Le pregunté al tipo si lo tenía que llevar a algún lado. Una mirada apreciativa lo convenció del peligro que entrañaría el dejarse conducir por mí. Me dijo que debía entregar el auto a las 21 hs. en la sede de la empresa, Córdoba y Paraná, y se fue.
Solo diré que subí a casa a buscar el registro y a disfrazarme para la ocasión, bajé a mil y me mandé una largada tipo Le Mans. Cuando entregué el auto, a la noche, el tipo verificó el kilometraje. Me miró. Volvió a mirar el indicador; volvió a mirarme. Creo que dijo algo como "es imposible..."
Escribió algo, se subió al Triumph y yo me volví a casa, después del Gran Premio que me corrí en el abnegado producto británico.
Cuento lo de Carlos porque quiero dejar sentado que el muchacho no tenía experiencia en el rubro automovilístico. Toda la hizo a bordo de las unidades de Rent-A-Car. Les daba pata como sordo al sonajero, y si se rompía algo, las llevaba al taller. Pero de mecánica, cero.
Volvamos a la ruta. Cuando Carlos, el que sabía menos que nosotros, dijo aquello de la falla de fábrica, lo miramos en silencio y cavilamos sobre el tema.
(¿Tendría razón? Y si la tenía, ¿qué haríamos?)
Nosotros: ("¿De fábrica?" Okey. ¿Larga distancia? ¿Operadora? ¿Me puede comunicar con el señor Goggomobil? Alemania, señorita.)
No era posible. Miramos hacia delante, hacia atrás, hacia arriba. Nadie. Ni un alma. Consultamos el mapa caminero del ACA. Estábamos cerca de Arrecifes. Recordamos que en Arrecifes vivía un corredor (qué original, ¿no?) un ex Fuerza Limitada, pero no recuerdo su nombre. El tipo era el campeón de la categoría, con un 700.
Seguro que conocía el Isard.
Pero primero había que llegar a Arrecifes. Por suerte, a unas cuadras había una YPF. Willy se quedó en el auto; Carlos y yo caminamos, llegamos a destino y consultamos con todos los que nos escucharon.
Balance: 4 tipos; 4 diferentges respuestas.
Compramos 2 latas de Supermovil y volvimos al Isard. En realidad, solamente le entró un litro.
Lo pusimos en marcha. Todo bien. Ninguna nube. Magia. Milagro. Aleluia.
Subimos y arrancamos. Carlos iba, ahora, atrás. Le dijimos que mirara atentamente por la luneta trasera.
Isard: _"Prrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr"


La edad de Cristo/Las del inglés

Ya dije hasta el cansancio que en cuestiones mecánicas éramos un asco; pero el mayor de los problemas que nos auto-infligimos en nuestra demoledora carrera, era el de que siempre optábamos por la solución incorrecta, aderezada por un persistente chambonismo que nos hacía hacer una macana tras otra.
No puedo precisar la cantidad de roscas que zafamos; de tornillos que transformamos en clavos a fuerza de borrarles las ranuras; de bujías imposibles de aflojar por apretarlas con una llave inglesa más apta para montar oleoductos que para ajustar las Champion J-10 frías, después de calentar el motor con cualquier otra cosa.
Willy o yo:_ "Flaco, tenés una caliente? El Flaco rebusca en una enorme caja de madera y te pasa una bujía sin marca. El electrodo como una gilé.
_"¿Flaco, de dónde sacaste esta porquería?"
_ "Me la regaló Juancho.".
Se refería a Juancho Colanero; el hermano de Mingo, el preparador del auto de Rolo Älzaga (quien alguna vez se dejaba ver ?y oler a Chivas- por el taller de Libertad y Posadas). Si Juancho te regalaba una bujía, ponele la firma que no servía ni para supositorio de robots.
Que alguien me explique por qué razón el motor arrancaba con semejante basura.
Decía más arriba que éramos un asco de mecánicos. Pero algo de teoría había. Se podría decir que no éramos unos negados absolutos. Como Carlos, con su gracioso equilibrio: nada de teoría, nada de práctica.
Volvamos a la ruta. Dijimos que el Isard resucitó. Como todo andaba bien, resolvimos pasar de largo por Arrecifes sin consultar al piloto del 700 campeón. Una acertada decisión, como todas las nuestras...
_"Prrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr"
Durante un rato discutimos sobre el origen del problema, exponiendo teorías que me averguenza evocar.
Y asi transcurrió una media hora. De pronto, el vigía de popa gritó:
_"¡¡¡Otra vez!!!!"
De nuevo la nube blanca. Paramos. Medimos. Agregamos un litro. Montamos. Seguimos.
Para no aburrir, aunque me reservo la razón del problema para el final de este relato, diré que hicimos todo el viaje, de ida y de vuelta, agregando un litro de aceite cada 33 kilómetros. Llegamos a adquirir una destreza excepcional para la maniobra. Llevábamos montones de latas de un litro, peloteando por el piso del asiento trasero. El co-copiloto portaba la herramienta para perforar latas. Mirábamos el cuentakilómetros, y cuando llegaba a 33 parábamos, y cargábamos el troli en una brevísima operación.
Hagamos unos números:

2.500 -.- 33 = 75 (Donde 2.500 es la totalidad de kilómetros recorridos y 33 el módulo) 75 es la cantidad de litros de aceite utilizados.

El aceite era barato, en aquellos tiempos, por lo que pudimos solventar la erogación sin morir en el intento. Para los que se pregunten por qué no arreglamos el problema, diré que hicimos numerosos intentos, de los cuales destacaré solamente estos tres:

Intento 1: Siguiendo la recomendación del tipo con la cara menos confiable al sur del arroyo Maldonado, proseguimos hasta Río Cuarto, donde el hermano (del tipo, no del río) era el Jefe de Taller de la concesionaria de "estos autitos". Llegamos a Rio Cuarto de noche. La concesionaria no existía. Había una de De Carlo, que abría a las 9 del día siguiente. Chau.

Intento 2: Siguiendo la recomendación del segundo tipo con la cara menos confiable...etcétera...dimos con el taller de "el vasco Charrieta", el amo de los fierros de San Luis. El tipo se llamaba Echevarrieta, pero eso no le importaba ni a él. El taller del vasco parecía el depósito de chatarra de Juancho Colanero (ver ut supra). La proporción de fierros oxidados era de 60/40 (60 por ciento de óxido puro, y 40 de fierro viejo). Por alguna razón nosotros esperábamos encontrarnos con un Augusto Cicaré puntano. Pero nó. En el taller de Cicaré habían ?contaba Fangio- unas camas de bronce con las cuales "Pirincho" estaba armando el helicóptero que diseñara y luego construyera. Sobre una mesa había un motor de válvulas desmodrómicas by Cicaré, "...que daba más de 10.000 rpm..." continúa relatando Fangio, con su voz de paisanito melancólico, en un cassette que conservo.
En lo del "Charrieta" también había unas cabeceras de camas con las que el vasco estaba fabricando...camas. Y arriba de una mesa había un motor de un cilindro, de una bomba de agua, con un volante de un metro de diámetro, al que le calculamos 14 rpm por abajo de las patas. Chau II.

Intento 3: Siguiendo ...etcétera.....ya en Mendoza, llevamos el móvil a la concesionaria Isard, donde hicieron todo lo que parecía adecuado. Lo metieron en la fosa, esperando al Jefe de Taier, quien por fin arribó, con su delantal blanco almidonado (bueno, sin almidón), peinado a la cachetada y con anteojos con montura de concha (acá decimos: "de carey"; pero en España dicen: "de concha" y no me puedo resistir). El sabio escuchó mil veces nuestras explicaciones. Sin decir nada se encerró en su oficina, de donde salió a los 20 minutos. Habrá estado bebiendo, y/o consultando el manual, y/o rezando, pero cuando se acercó al Isard con orgullo y bizarría ?como los granaderos de San Martín- casi aplaudimos. Dió unas breves cuan precisas directivas a uno de sus acólitos, quien partió como una exhalación en su Puma con escape libre. El sabio de parrales nos dijo que pasáramos a buscar el Isard a la tarde, antes de la 7. Cuando le preguntamos cuál era el problema, sonrió de costado mostrando un diente de oro, y nos dijo ?enigmático- "los espero a las 7".
¿La tercera es la vencida? Después les cuento.


¿Y vos, de qué lo querés?

Dejamos el Isard en tan buenas manos, y nos fuimos a caminar por la linda Mendoza. Desde la tarde anterior estábamos alojados en casa de los tíos de Willy. Los amabilísimos ?Cnel. (RE) Francisco Plate y su señora esposa "La Gringa", ex Reina de la Vendimia, más linda que una bolsa de guita- nos recibieron como a los tres caballeritos que no éramos.
Nos atendieron, nos alimentaron y nos mimaron. Pero la que yo quería que me mimara, la gloria cuyana, azafata de Aerolíneas, ex Miss, etcétera, estaba de novia con un bodeguero. Repito: de novia con un bodeguero.
("Coronel, Usted que debe saber de explosivos: ¿cuánta dinamita se necesita para hacer volar una bodega?. Más o menos")
Empezamos mal. Yo creía que en Mendoza íbamos a hacer roncha, como en realidad sucedió más tarde. Pero no estaba preparado para tal recepción.
Para el caso, debo decir que encontré, rápidamente, palenque donde rascarme. Willy y Carlos, también. Willy encontró un palenque y Carlos ?como siempre- un establo. Pero esa es otra historia.
Estábamos en la concesionaria Isard. Era cerca de mediodía y en la casa nos esperaban a almorzar. Una de nuestras disipadas costumbres era la de comer de todo y a toda hora. Pese a la inminencia del almuerzo, cuando pasamos por una heladería decidimos que un heladito no nos vendría mal.
Entramos.
Heladero:_"Buen día"
Nosotros: _"Buen día". "Buen día". "Buen día"
_"De cuánto van a ievar?"
Yo: _"Un kilo; de vainilla, chocolate y cabernet". "Ja, Ja, como estamos en Mendoza?." "Bueno: de frutilla"
El tipo llena el tarro, y lo pesa:
_"¿Cuántas cucharitas?"
_"Una sola". Tomo el tarro, me doy vuelta y le pregunto a Carlos:
_"Y vos, ¿de qué lo querés??"
C:"De vainilla, dulce de leche y borgoña". "Ja, ja" (etcétera).
W: "De chocolate, limón y moscato". "Ja, Ja" etcétera).
El heladero no lo puede creer. Nos los sirve, pagamos y nos sentamos en unas sillas de la vereda para apurar el tentempié. Después sabríamos que se lo comentó a los de la Isard. Acepto que la anécdota es bastante estúpida, pero así ocurrió. Indudablemente, en aquellos tiempos podíamos comer como amoladoras y no engordábamos. No como ahora, que miro una fotocopia de un raviol y aumento un kilo. (Esto no me lo creo ni yo, ni mi esposa ni el Resto del Mundo; pero suelo decirlo).
Vamos a casa. Almorzamos opíparamente. El coronel nos cuenta por tercera vez -una, ayer a la cena; otra, esta mañana, y otra, ahora- que en su época, ellos ?los integrantes de la Brigada de Alta Montaña Gral. San Martín (en Mendoza, todo se llama Gral. San Martín. Nunca un El que te dije, o un Pepe) -utilizaban esquíes de madera, atados a los borceguíes con cordones de cuero ..."que si te caías, seguro te quebrabas una pierna. No como ahora, que son de lana de vidrio (sic) y con unas agarraderas (sic 2) que se te sueltan enseguida"
Carlos, Willy y yo asentimos en admirativo silencio, procurando que el señor crea que estamos evocando la epopeya, cuando en realidad estamos pensando en que si lo vuelve a contar, vomitaremos los fetucchini. Un par de fideos pugna aún por ingresar a la boca de Carlos.
Cuando el coronel repite lo de la lana de vidrio, a mi se me paraliza la digestión y Willy regurgita algo de tuco. Carlos emite medio metro de fetucchin.
Superamos el momento. Agradecemos, educados, y salimos a la calle, donde eructamos, mal educados. (4.8 en la escala de Richter)
Luego de una breve asamblea, decidimos caminar hasta la agencia, para bajar la comida. Es temprano, pero estamos al pepe.
En ese momento un MG verde, brillante, se detiene ante la puerta de la casa. El intrépido conductor se baja de un salto. Nos pasa por al lado sin saludarnos, y toca el timbre. Al minuto sale la que se imaginan, emperifollada y perfumada. (¡¿Ah, muy piola... Mientras yo estaba escuchando la tercera versión de "Esquíes", de boca de tu padre, vos estabas arriba arreglándote para salir con el bodeguero, casquivana tripulante de cabina?!)
La decisión estaba tomada. Voladura de bodega, envenenamiento del vino y rotura de las botellas.
La niña, como le decían en su casa, saluda con un besito a su primo (que se hace el inocente pero yo sé lo que piensa), a Carlos (que no se preocupa en hacerse el inocente), y a mí. En mi caso, agrega un revoleo de ojos y trepa al MG exhibiendo una importante porción de gamba. De gamba de Miss.
Al final, la Vida sigue igual, cantaría el bardo de Banfield.
Partimos hacia la agencia, con la idea de caminar las 15 cuadras para bajar la comida. Tanto la bajamos que al pasar por la heladería nos consultamos, para ver si le hacíamos de vuelta el "Y vos?."
Too Much, decidimos. Seguimos hasta la agencia, esperando encontrar al Isard todavía en la fosa. Pero no: está listo, limpito y esperándonos. Nos abrazamos.
El Jefe de Taier no está. Seguro que fue a lustrarse el diente de oro. Interrogamos al de la Pumarola; nos dice que el problema era por una de las valvulitas que hay en las tapas, que permitía pasar el aceite por el conducto de recuperación de gases que desemboca en la cubeta del carburador, que al llenarse de aceite producía la fumarola ("¡Cada 33 kilómetros!", gritamos a coro)
Suspiramos aliviados. Pagamos alegremente los 90 pesos que costó la reparación, y partimos, felices, a conquistar Mendoza. Agarrate, cordiera


Mi vida da un vuelco

Salimos de la concesionaria. Paramos a la vuelta y medimos el aceite. Limpito y en la marca. (¡Olé, ole´olé, olá; Isar, Isar!) Casi decidimos tirar el montón de latas que molestaban en el piso del auto, pero volvimos a la casa y las guardamos en el garage, bien apiladitas, a lo milico.
Nos enteramos de que nos han invitado a una reunión en casa de una niña. Llegamos y nos reciben como a Los Tres Mosqueteros, apelativo que escucharemos hasta que ya no nos haga gracia, una semana después. Mejor nos hubiera caído un Tres Chiflados.
Montones de chicas amorosas, simpáticas y querendonas. Buenos tipos, amables y gentiles. Empanadas y vino. Las empanadas nos interesan (a Carlos le interesaron unas 30), pero el vino, no. Nos miran como a Neptunianos.
¿Qué, no toman vino? Se miran entre sí. ¿Y entonces...qué toman?
Si hubieran dispuesto de la máquina del tiempo y pudieran avanzarla unos 40 años, ya verían qué y cuánto tomábamos.
De cualquier manera lo pasamos muy bien; hicimos amigos y amigas. Guitarreada. Nosotros, los porteños, cantábamos y tocábamos la guitarra. Un interesante rebusque, muy redituable. Cantamos todo el repertorio de Los Panchos y de los Mac Kee Macs.
Ellos cantaron Cuando pá Chile me voy, y Los Sesenta Granaderos. Dieciocho y cuarenta y cuatro veces, respectivamente. Cuando, por cuadragésimoquinta vez, escuchamos:...."Eran se, eran sesenta paisanooooooos...", pensamos en declararle la guerra a Mendoza.
Propusimos un inmediato cambio de tema. . Por suerte apareció una invitación para ir a visitar las termas de Cacheuta, que nos iba a gustar mucho -ia van a ver- nos dijeron.
Agarramos viaje. Iríamos nosotros tres, con las niñas A, B y C. Varios de ellos irían en sus autos. Pero enseguida nos dimos cuenta de que 6 personas eran muchas para el Isard, particularmente en caminos de montaña.
Alguien tenía que bajarse, y no era Willy. Carlos, como siempre en que se pedían voluntarios, se desmaterializó, por lo que me avine a ir en el auto de cualquiera que viniera con acompañante.
Sin problemas. Me tocó en suerte viajar en el jeep de (llamémosle) Miguel, un simpático estudiante de medicina que estaba de novio con (llamésmosla) Teresita, quien era la mejor amiga de la dama de compañía con la que venía equipado el jeep.
Quedamos en reunirnos todos, a la mañana siguiente, en casa de alguien. Saldríamos temprano, con intención de visitar los lugares propuestos, almorzar en el hotel de Cacheuta (que estaba cerrado pero abrirían el restaurante para nosotros), y volver a Mendoza antes de que anocheciera.
Miguel, mi guía, le preguntó a Willy si se animaba a manejar en la montaña. Siempre dispuesto a pasarme la piedra pómez, el muchacho contestó que por supuesto, porque ....en Suecia primero y en Canadá más tarde, él había manjeado ....piripípí..... peligrosos caminos......piripipí.....hielo y nieve......piripipí.
(Nene, cuando estaban en Suecia tenías 13 años y en Canadá, 15; pará, che)
A la noche, en la mesa, luego de contar (V) que en su época los esquís eran de madera pero ahora....lana de vidrio y.....agarraderas...., el coronel me preguntó con quién iría yo. Le contesté que con Miguel, el novio de Teresita.
El guerrero de las altas cumbres me dijo que era una buena elección, porque él era amigo de los padres, y el joven era muy responsable y conocía el camino como la palma de su mano. Luego me preguntó en qué auto iría. le dije que creía que en un jeep. El coronel se mostró confiado y satisfecho con la suerte que me había tocado. A mí me daba lo mismo que el que manejara fuera Carlitos Balá y que el auto tuviera 4 ruedas, en lo posible, redondas.
Una soleada mañana del día siguiente, un domingo, 4 vehículos partimos en entusiasta caravana. Yo iba en el asiento trasero del jeep Willys, que llevaba la capota colocada, por lo que mi radio de visión se remitía a la ventanita lateral de 20 por 10 centímetros. No veía nada, el asiento era duro, pequeño e incómodo, pero mi compañera de viaje me levantaba el ánimo, festejándome cuanta pavada yo decía.
El veterano Willys era, además, ruidoso. A gritos se me informó que nuestro destino quedaba a unas dos horas de viaje; unos 70 kilómetros.
El experto guía me recomendó que mirara por la ventanita trasera, también de 20 x 10, para ver si todos venían bien. Atrás nuestro venía Willy, canchereando con el Isard.
Habríamos andado unos 33 (treinta y tres, dije) kilómetros, cuando, al darme vuelta, comprobé que nadie nos seguía. Le dije al guía que parara. El tipo paró. Esperamos 5 minutos y dimos la vuelta. A las pocas cuadras encontramos el Isard detenido y con el capot levantado. Todos los de los otros autos miraban el motor. Cuando llegué, alcancé a escuchar a Carlos que le decía a las chicas: "Cuidado; no pisen el aceite. (¡¡¡¿No pisen el aceite?!!!)
Le pregunté a Miguel:
1. ¿La concesionaria Isard estaría abierta en domingo? Respuesta: No.
2. ¿Cuál es la Virgen más efectiva de Mendoza? Respuesta: la de la Carrodilla.
3. ¿Dónde venden ametralladoras? Respuesta: Preguntale al coronel.
4. ¿Acá cuánto te dan por matar a un Jefe de Taller? Respuesta: Bastante.
El Isard había vuelto a las andadas. Es decir, a las fumadas.
Me reuní con Willy y Carlos. Nos preguntamos:
1. ¿Y la valvulita? Respuesta: ¿De qué m..... estás hablando?
2. ¿Qué fue a buscar el de la Puma? Respuesta: Una pizza.
3. ¿Dónde vive el Jefe de Taier? Respuesta: en Buenos Aires.
4. ¿Y ahora que hacemos? Respuesta: vamos con el jeep a casa a buscar 10 litros de Supermovil.
Con el trasero y el ánimo por el piso, volvimos a casa y cargamos las 10 latas en el Isard. No podía ser cierto. Pero con la misma determinación con que en un momento decidiéramos proseguir nuestro camino hacia Mendoza, decidimos seguir adelante, cargando el ominoso litro de aceite en las ávidas entrañas del auto. Cada 33 kilómetros, necesito repetirlo.
La Vida nos da, a veces, compensaciones. La que me dio en ese momento fue la de que Willy y Carlos debieron, en adelante, dedicarse a darle la mamadera al Isard cada 33 kilómetros, con la baja en la estima que la operación conllevaba en la consideración de las bellas niñas.
Por mi parte retorné al terrible asiento del Willys, con mi trasero ?dije antes- machucado. Cuando mi compañía subió al jeep delante mío, pude comprobar que, en su caso, no se apreciaba machuque alguno..
Llegamos a Cacheuta, almorzamos, tiramos piedras al río que serpenteaba allá abajo, expresamos nuestra rendida admiración por la gesta Sanmartiniana y por aquellos heroicos sesenta granaderos (¡piedad!), tiritamos un poquito y trepamos a los móviles.
Después de una hora de viaje en descenso, el tibio solcito vespertino, el ámbito cerrado del jeep y la modorra post-almuerzo me pusieron en situación beatífica.
En un momento iniciamos una larguísima bajada en línea recta, por una ruta bordeada, a cada lado, por acequias.
Por algún motivo recordé que nos habían dicho que ?en Mendoza- la siesta era sagrada. Pensé: (¿Este tipo estará acostumbrado a dormir la siesta? Porque si se llega a apolillar....)
Observando que el jeep no iba en perfecta línea recta, me animé a decirle al guía:
_"¿Vos no dormis la siesta?"
_"No. Porque io estudio en Córdoba, y aiá no se duerme la siesta"
Teresita se dio vuelta y me dijo:
_"Miguel es muy responsable. Porque en esta bajada muchos se han caído a la acequia, pero el Miguel nunca".
Y nos fuimos a la acequia.


Revuelto Gramajo

No fue una caída terrorífica. No nos precipitamos a un precipicio. No dimos veinte vueltas. Solamente fuimos desviándonos lentamente hacia la derecha, con Miguel al volante, totalmente dormido. Cuando nos salimos de la ruta caímos en la acequia, un canal de cemento de medio metro de profundidad por el que circulaba agua de riego. El jeep volcó de costado, lentamente, porque veníamos a poca velocidad. Supongo que el agua ayudó a detener la caída.
Yo comencé a evaluar los daños. Primero, recuento de piernas:. (Una gamba izquierda, la mía....a ver...acá hay otra de mina....a ver...Teresita. Esta es de la otra ....esta también....me falta una....aquí está. Total, seis. Okey. La única lastimada es ésta....a ver....la mía...)
Faltaban dos piernas. Las de Miguel, sentado al borde de la acequia, con los pies en el agua, molesto porque lo habían despertado cuando estaba manejando, cosa que, por lo visto, no le gustaba nada.
Enseguida llegaron los otros autos. Muchos brazos solícitos, la baja y la doble tracción, ayudaron a que el jeep volviera a la ruta. Los que no ayudaron fueron Willy, ocupado en darle la teta al Isard, y Carlos, ocupado en algo parecido.
El Willys resultó indemne, salvo por la capota que le quedó ladeada, como la galera de Fred Astaire.
Sólo hubo que lamentar una víctima (yo) en lugar de la que yo quería lamentar (Miguel). El golpe me produjo una marca en el muslo, que aún conservo, y un fuerte dolor que ya no conservo porque se me pasó ayer a la tarde..
Transbordé al Isard, mandamos las chicas al jeep y volvimos a casa. A la noche, en la mesa, el coronel me dijo que yo había tenido suerte, porque en su época....montaña....madera.... lana de vidrio.....(VI).
(Coronel, Señor, permiso para hablar: Por favor, no me lo cuente más, porque le voy a desear que vaya a jugar un partido de rugby a Uruguay con el equipo de la Brigada A o como se llame, y que el avión se caiga en la montaña y que a Usted se lo coma la tropa).
Al día siguiente, mis anfitriones insistieron en llevarme a lo de un traumatólogo amigo, quien me recetó calmantes, una pomada, y me vendó fuertemente la pierna con una venda de 200 metros (bueno, 3 metros) de largo. Me aconsejó que, cada tanto, me la aflojara y me masajeara donde me dolía.
_"¿Podrás arreglarte solo?" , preguntó el galeno.
_"No creo", dije, buscando con la mirada a alguna que me gustara para masajista.
A la tarde pasamos por la concesionaria Isard. Queríamos hablar con el jefe de taier, pero no estaba; había viajado a Chile, o a Tánger, o a Burkina-Faso.
Le preguntamos al de la Puma sobre qué le había dicho el Jefe, para que él partiera despavorido. Nos contestó que lo mandó rajando a lo de Alcides, un tornero vecino, que recientemente había fabricado unas valvulitas para las tapas de los Isard.
_"Es el que prepara la empanada de Pena!", dijo el motociclista.
_"Flaco, no me importa que el tipo prepare empanadas de pena" dijo Carlos, desafiante. Y agregó:
_"¿Quien es Pena?"
__"Clank", sonó la llave inglesa que soltó un operario.
_"Plok", sonó el destornillador que se le cayó a otro.
Preguntar, en un taller mecánico de Mendoza, en aquel entonces, quién era Jorge Angel Pena, el piloto local de la imbatible "empanada", era como insultar a la madre, la abuela y la hermana de todos los mendocinos.
Willy y yo habíamos visto a Pena en una carrera en el Autódromo. Willy era hincha de Ford y yo de Chevrolet. Después de tenerme que aguantar ...que el pique del Ford, que el ve ocho, que Oscar, que "Ampacama",, etcétera, lo vimos a Pena picar en punta, sacarles varios cuerpos a todos y ganar la carrera con enorme ventaja.
Me vi obligado a tomar la posta y comentar que sabíamos muy bien quién era Pena y lo que era su empanada. Carlos seguía pensando -lo sabíamos- en las deliciosas empanadas mendocinas, y en lo poco que le importaba quién las preparara, siempre que fueran muchas.
Era inútil explicarle nada a Carlitos, como es imposible explicarle a mi mujer cómo funciona la válvula del inodoro, o cómo enfría una heladera, o por qué no se caen los satélites.
Nuestros días en Mendoza se terminaban. Lo habíamos pasado muy bien, salvo por los inconvenientes apuntados. Hicimos la cuenta del tiempo y el aceite que nos insumiría el viaje de regreso, y una tibia y soleada mañana nos despedimos de nuestros maravillosos anfitriones, de quienes siempre guardaremos un recuerdo imborrable. Willy se despidió de A y de B, yo de C y D, y Carlos de E, F, G, H, e I.
Debo decir que al coronel y a su esposa, -los tíos de Willy- los he seguido viendo en sus visitas a Buenos Aires. Ël sigue siendo un apuesto caballero, a quien por suerte le falla la memoria cuando trata de recordar que en su época...madera....lana de vidrio....etcétera. Ella sigue siendo, en su madurez, una bella dama.
Volviendo a nuestro viaje de retorno: pasamos por la heladería y le hicimos el "¿Y vos...?" por última vez.
Luego nos instalamos en el Isard, con Willy al volante y yo atrás, con la pata dura recostada sobre el asiento. Tomamos la ruta. Treinta y tres, aceite. Treinta y tres, aceite...
El día estaba rutilante. Entramos a San Luis. A la ida habíamos estado viendo la cantidad de matojos de pasto que cruzaban la carretera como enormes bolas propulsadas por el viento y que se amontonaban contra los alambrados. También habíamos reparado en los numerosos paradores, al costado de la ruta, donde se detenían los camioneros para descansar, protegidos del infatigable viento, y hacerse un asadito.
-"Che, qué grande si hacernos un asadito en uno de esos lugares, no?", dijo alguno de nosotros. Los demás respondimos un entusiasta: "SIIIII".
Solamente nos faltaba la carne, la parrilla, el carbón, el pan y la Fanta. No importaba, ya veríamos. Entusiasmados por la casi impracticable intención, decidimos procurarnos los artículos necesarios en la próxima localidad a la que arribáramos. En eso estábamos cuando agarramos un bache ("Libro Guinness de Los Records: Bache más grande del Mundo: Uno en la localidad de Balde, San Luis, Argentina. Izq.: Foto en donde se ve, en el interior del bache, a una familia muerta que cayó en 1958")
Emergimos del bache con una pronunciada escora hacia la izquierda. Se habían roto dos hojas del elástico trasero. Lo usual: cabildeo, evaluación y decisión: Adelante!!!.
Hicimos unos 20 kilómetros, los tres tirados hacia la derecha, y llegamos, a la tardecita, a Balde. Todo cerrado. Llegamos a una YPF. Consultamos. Nos dijeron que fuéramos a lo de Charrieta.


Hola, don Charrieta

Para los que dicen que no hay casualidades: sí, amigos, volvimos a lo de Echevarrieta. El Destino nos mandó de vuelta al -es un decir- taller del vasco. No habíamos perdido el sentido del humor, sin el cual no hubiéramos podido soportar las adversidades que nos ocurrían.
Sentimos ganas de preguntarle a cuánto tenía el kilo de óxido, pero preferimos dejar las bromas para después Sin esperanza alguna, le preguntamos si se podían arreglar los elásticos del Isard. El hijo de Punta (puntanos, los de San Luis) le dio una vuelta al Isard, pucho en la boca, labios finitos de tahur del Mississippi, y en vez de contestarnos nos preguntó si habíamos solucionado el asunto del aceite, en Mendoza.
Le contamos lo de la concesionaria, la valvulita, etcétera. Farfulló algo como que "los más b.......son los sanjuaninos, y después, los mendocinos", y agregó:
"Váianse a dormir a Mercedes, al hotel X; háblenle a Doña NN de parte del vasco y mañana tempranito cáiganse por aquí."
Eso hicimos. A las 10 de la mañana, después de un desayuno de café con leche, medialunas y choripán, nos caímos por lo de Charrieta. El Isard estaba arreglado. Le preguntamos de dónde había sacado las hojas del elástico. Miró, distraídamente, hacia una pila enorme de elásticos variados, entre los que predominaban los de carros y sulkies, y se alejó, gallardo, en dirección a las profundidades insondables del taier.
Lo seguimos y le preguntamos por la factura. No recuerdo el monto, pero puedo afirmar que era ridículo.
Le pagamos. Pensamos en besarle la mano, pero desistimos, después de olérsela.
Nos auguró un feliz viaje, y partimos.
El Isard no mostraba signo alguno de la panne sufrida. Andaba derechito (como el jeep de Miguel antes de la zambullida).
Estábamos contentos. Tan contentos que decidimos parar a un costado de la ruta. Sacamos el asiento delantero, lo colocamos sobre el pastito, pelamos la viola y nos pusimos a cantar "Los sesenta granaderos".
¡Sonriamos, Dios nos ama!
Lamentamos no tener una botella de Coca o de Fanta a mano, por lo que decidimos descorchar la damajuana de vino que nos habían regalado en Mendoza. No nos gustaba, pero le dimos.
Al ratito, estábamos alegres. Al rato, tristes. Luego, no me acuerdo.
Decidimos reanudar la travesía. Montamos el asiento. Me mandé atrás, con la venda floja.
Willy puso en marcha el motor. Pisó el embrague; puso primera, soltó el embrague y se cortó un palier.


Hola Don Charrieta (II)

Estábamos varados, inmóviles, al costado de la ruta. Una vez más el Isard nos había sacado la lengua.
Algo había que hacer. Todavía no se habían cumplido los 33 kilómetros reglamentarios desde que salimos de Balde. El problema, ahora, era mayor, porque en los sucesos anteriores, el auto, de alguna manera, andaba. Pero esta vez, no.
No parecía haber otra solución que tratar de volver a lo del vasco. Como resultado de un sorteo tramposo, Carlos resultó elegido para buscar ayuda. No opuso resistencia. Salió a la ruta y se puso a hacer dedo a los escasos autos y camiones que pasaban. Un camión paró; lo vimos a Carlos subir y saludarnos con la mano en alto.
Nos quedamos sentados, tristes y desanimados. ¿Un palier de Isard en Balde, San Luis? Imposible. Ya nos veíamos, esperando que de alguna mágica manera alguien se comunicara con la concesionaria de -por decir algo- Mercedes, si es que existía.
Ya estábamos cansados de tantos contratiempos. En medio de tanta congoja, sin embargo, antes de que pasara una hora apareció un camión de auxilio del ACA, tocando bocina, con Carlos agitando la mano. En tres minutos el tipo nos enganchó y nos llevó, como chinchorro, hacia Mercedes, donde se encontraba la sede de la que él procedía.
El tipo nos dijo: "Muchachos, si quieren los llevo a Mercedes; pero no hay una agencia de estos autitos". "Entonces, ¿qué hacemos?" "Miren: en Balde hay un vasco que se las rebusca con cualquier cosa; en una de esas, se le anima"". Sí; don Charrieta". "Qué: ¿lo conocen?" "Sí. Ya nos arregló un elástico".
En un ratito entramos, por tercera vez, a Oxilandia, el parque temático del pintoresco vasco. Hombre de pocas palabras, puso manos a la obra y al rato ya tenía las dos partes del palier sobre el banco metálico. En una maniobra que revelaba una dilatada experiencia (aunque poca precisión, ya que tenía medio bigotito chamuscado), el vascuence encendió el soplete con el pucho. Más tarde comentaríamos que el pucho parecía ser el mismo de la mañana, lo que me obliga a incluirlo en el Guinness, en el rubro "Pucho más duradero: el de don Charrieta. Balde, San Luis, Argentina".
El hombre soldó las dos partes del palier y luego fue haciéndolo girar sobre la mesa, dándole golpecitos con un martillito (oxidadito), hasta que dijo : "Ya está", y apagó el soplete. Uno de nosotros se animó a hacerle la pregunta: ¿Aguantará? Silencio. El Mundo se detuvo. Los planetas cesaron de girar (al dope, que quede claro). Las cataratas de Iguazú se secaron. El glaciar Perito Moreno se derritió. A la que iba a ser mi esposa se le borró la tabla del 0, la única que había aprendido. En el Tibet nacieron Dalai Lamas trillizos. La torre de Pisa se enderezó.
El oximan puntano amagó con sopletearnos, pero nuestro coreográfico recule lo convenció de que no debía gastar pólvora en chimangos (u oxiacetileno en porteños). Entre "Soplet-man" (imaginar un super héroe que te tira óxido a la cara mientras te suelda con su soplete dorado) y el santo del ACA, armaron el auto. Pedimos la cuenta. Otra ridiculez.
Los tipos nos despidieron con palmadas en la espalda, no antes de que les preguntáramos cuál era, a su criterio, la causa de la oleo-adicción del Isard. Casi a coro, nos diagnosticaron lo que sería el verdadero origen del problema (que no revelaré hasta el final). El vasco, con un movimiemto casi imperceptible de su pucho, dijo, refiriéndose al del ACA: "éste es el que le hace la carburación a Rosendo Hernández". (Si no saben quién era, como no lo sabíamos nosotros, averigüen)
_Si, ya sé: es un corredor dijo Carlos. Willy y yo lo miramos con asco. (Vos no sabés interpretar las agujas del reloj y me vas a decir que sabés quién es Rosendo Hernández?!!!).
Luego, Carlos nos explicaría que lo de Pena, en Mendoza, lo había escarmentado, y que supuso que Hernández debería ser un corredor Acertó, el desgraciado. Ya arriba del auto, declaramos que lamentábamos irnos de San Luis sin poder habernos mandado un asadito en los paradores del camino. Como dijo Lorena Bobitt: "La hago corta"; el del ACA nos hizo subir al camión, y nos llevó a la carnicería del cuñado, que nos vendió un lomo entero, lo único que tenía. En un paquetito de papel blanco nos puso un puñado de sal, y nos regaló tres panes.
Maravilloso ?pensamos- pero sin parrilla...Cuando volvimos a lo del vasco nos encontramos con que Sopleter (es un nombre alternativo para esa categoría de super-héroes) nos había confeccionado una precaria parrilla con varillas soldadas. Nos despedimos, entendiendo que habíamos conocido al Buen Samaritano y a su ayudante Robin. Estos dos se van al cielo como cañitas voladoras, si no se han ido ya. Lo digo en serio.
Montamos; Willy puso primera; contuvimos el aliento; soltó el embrague, y el Isard arrancó, y nos devolvió a Buenos Aires.
Momento: Todavía falta algo. Nos detuvimos, ya de noche, en uno de los paradores que tanto nos habían atraído antes. Allí nos dimos cuenta de que no teníamos combustible para la parrilla. Por lo tanto, recogimos unos dos mil (bueno: cuarenta) bolas de pasto seco arrimadas al alambrado. Yo me encargué del -digamos- asado. No veíamos nada; encendimos las luces, con lo que algo se podía divisar sobre el capot, que utilicé como mesa de operaciones. Tropecé, y el lomo se me cayó sobre el capot lleno de tierra, material del que la carne quedó totalmente impregnada. En la caída derramó la sal. Para recuperarla froté el lomo sobre la tierra salada (o la sal terrada). Eso me obligó a declarar que el plato del día (está bien: era de noche), sería: "Lomo a la Puntana", y "que así era como lo hacía la tía de los Rodríguez Saa".
Como no lográbamos encender el fuego, me fue impunemente decomisada buena parte de la venda de mi gamba, para transformarla en mecha, metiéndola en el tanque de nafta. La fogata encendió de golpe y duró unos 10 minutos. Tiramos el lomo a la tierra sobre la parrilla, que ubicamos sobre las cenizas del siniestro. Una porquería, pero con el hambre que teníamos nos hubiéramos comido el crique.


EPÍLOGO

El lunes siguiente llevamos el Isard a la agencia. El miércoles nos enteramos de la causa del problema: Un aro roto que bombeaba aceite hasta el glotón carburador Solex 32 (según me acabo de enterar en Internet). También me enteré de que un 700 hoy cuesta 10.000 dólares. Viene con 100 litros de aceite.